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17.01. Vida religiosa judía - El pueblo común

Aunque las sectas del judaísmo fueron importantes en la vida de la nación, representaban sólo un fragmento de la población judía del siglo I d. C. La mayoría de la gente desconocía los detalles de la ley que tanto interesaban a los fariseos, esenios y zelotes, y tampoco se sentía atraída por la sofisticación de los saduceos. Esas masas incultas eran conocidas en hebreo como 'am ha'árets, "gente de la tierra".

Los fariseos los despreciaban debido a su ignorancia y su descuido en el pago del diezmo y con las purificaciones rituales; y por esa razón creían que estaban bajo una maldición:

"¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es" (Juan 7: 48, 49).

Jesús y sus discípulos hicieron buena parte de su obra entre esa gente, y seguramente -tal vez con frecuencia- se los clasificaba con ellos:

"Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores... Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan... Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?" (Mateo 11: 19; 15: 1-2; Juan 7: 15).

El hecho de que el 'am ha'árets descuidara las restricciones rituales y ceremoniales no significaba, sin embargo, que necesariamente no sentía deseos de Dios, y sin duda esa gente formaba la mayoría de los que oían a Cristo "de buena gana" (Marcos 12: 37).

La vida judía continuó su curso mientras Herodes construía, gastaba dinero, asesinaba, y hasta que finalmente murió. Las esperanzas mesiánicas aumentaban. Los fariseos presentaban con insistencia ante el pueblo un ejemplo de rígido legalismo caracterizado por la estricta observancia del sábado y por reglas rituales de purificación.

La rutina de los servicios del templo de Jerusalén continuaba con dignidad y pompa inalterables, mientras que sus atrios estaban llenos de adoradores, mendigos, cambistas de dinero y vendedores de animales para los sacrificios. Miles de peregrinos procedentes de los confines más distantes de Palestina y de todo el mundo, acudían a Jerusalén para las tres fiestas anuales: la pascua y los panes sin levadura, Pentecostés y los tabernáculos.

Los fariseos anhelaban rectitud; el pueblo común, el gozo de la religión; la nación, al Mesías.

En lo que atañe a religión, el pueblo común no estaba atado en nada a la minuciosa observancia de las tradiciones legales como los fariseos. Sin embargo, éstos tenían una influencia considerable y, además, hacían mucho para imponer el tono religioso en la nación. Esto significaba que el tradicionalismo y el ceremonialismo desempeñaban un gran papel en el pensamiento y en la vida religiosa de los judíos.