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17.04. Vida religiosa judía - Las escuelas

Las escuelas eran especialmente importantes para la vida judía, pues ayudaban a modelar su carácter y a establecer su sistema ético. La educación sistemática había desempeñado un papel significativo en la vida de los israelitas desde la antigüedad, como lo indican las escuelas de los profetas fundadas por Samuel y reestablecidas por Elías. Las escuelas judías se inauguraron de nuevo, quizá alrededor del período 90-80 a. C., debido a la reforma de Simeón ben Shetaj y Judas ben Tabbai. Parece que establecieron escuelas en algunas de las sinagogas para afianzar una observación más estricta de la ley ceremonial y de un ritual mejor reglamentado que su reforma había elaborado.

Al padre y a la madre en el hogar siempre había correspondido, entre los judíos, la principal responsabilidad en la educación de la juventud. Se esperaba que dieran a sus hijos un conocimiento de la Torah y de los principales dogmas del judaísmo. Pero debido a las catastróficas vicisitudes por las que había pasado la nación se había interrumpido la vida hogareña, y con frecuencia los mismos padres necesitaban instrucción. Para remediar esta situación se establecieron escuelas con escribas como maestros, para que inculcaran en la mente de los niños aquellas cosas que habían de conservarlos fieles al judaísmo en años posteriores para robustecer a la nación. El pueblo o ciudad que no proporcionaba instrucción religiosa a su juventud, era considerado como si hubiera estado bajo la maldición de Dios.

Aunque esas escuelas respondían a una necesidad bien definida, crecían muy lentamente. Sólo se ofrecía educación a los muchachos. Para los que procedían de hogares de buena posición económica de los pueblos más grandes, les era fácil encontrar tiempo y oportunidades para estudiar; pero a los muchachos más pobres de los lugares más pequeños, les era muy difícil encontrar tiempo para dedicarlo a su educación. Aún para poder subsistir con frecuencia se obligaba a los muchachos a trabajar en los campos o en el taller con sus padres. No fue sino hasta en los días de Jesús (el hijo de Gamaliel), poco antes del estallido de la guerra romana de 66-73 d. C., cuando se fundaron escuelas en todos los distritos y en cada pueblo medianamente importante.

En esas escuelas elementales la instrucción era sencilla y rudimentaria. Aunque se enseñaba a leer y a sacar cuentas, la Torah era la base de toda instrucción. Se enseñaban, ante todo, los ritos y rituales de la religión judía, su significado y la importancia de cumplir con todas las obligaciones de la ley.

Para los niños dotados de inteligencia y talento había escuelas superiores a las cuales rara vez podían aspirar los muchachos más pobres. Aunque el curso de estudio en tales instituciones era más esmerado que en las escuelas elementales, siempre se centralizaba en la Torah. Esas escuelas superiores por lo general eran informales, cuyo centro era el maestro, y se reunían en una sinagoga bien equipada o en un local destinado para ese propósito. Esas escuelas superiores existían en Jerusalén y en las ciudades más grandes del extranjero donde había suficientes judíos para sostenerlas y se podía disponer de los servicios de maestros instruidos e influyentes. Una famosa escuela en Jerusalén era la de Gamaliel (Hechos 5: 34-40), a la cual asistió Pablo (Hechos 22: 3).

En las escuelas de todos los niveles la instrucción se basaba en las Escrituras y en la tradición judía. La ley y su interpretación basada en la tradición, era el principio y el fin de la instrucción. Se daba énfasis especial a las enseñanzas que a través de los años habían añadido los escribas según su sabiduría.Pero había judíos fieles que no estaban satisfechos con esa instrucción basada en la tradición legalista, y creían que con la bendición y la iluminación de Dios podían educar mejor a sus hijos instruyéndolos en sus hogares. Entre esos padres se encontraban María y José de Nazaret. Jesús nunca asistió a las escuelas de la sinagoga. La maestra de Jesús fue su madre, quien tomaba las Escrituras y de su propia experiencia con Dios y con la vida lo que enseñaba a Jesús, y él lo añadía a lo que aprendía de la naturaleza y de su comunión con su Padre celestial. José enseñó a Jesús el oficio de carpintero y otras cosas prácticas de la vida. Aunque los enemigos de Jesús declararon que no había "estudiado" Juan 7: 15), su carácter y su ética eran muy superiores a cualquier cosa que las mejores escuelas pudieran haberle impartido.