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17.06. Vida religiosa judía - Influencia judía

Apesar de estas opiniones adversas acerca de los judíos, Cicerón muestra que su influencia era poderosa en Roma. Mientras Flaco gobernaba la provincia de Asia en el 62 a. C., confiscó una gran cantidad de oro que los judíos habían reunido para enviar al templo de Jerusalén. Cicerón defendió a Flaco, y declaró de los judíos: "Tú sabes qué gran multitud son ellos, cómo se mantienen firmemente juntos, cuán influyentes son en las asambleas que no son oficiales" (Pro Flaco, cap. 28). A pesar de la ironía que puede haber aquí, esto indica que los judíos ejercían una verdadera influencia política. La jerarquía de algunos judíos, como Herodes Agripa I, en el ambiente más elevado de la sociedad y del gobierno de Roma, llevó algún conocimiento del judaísmo hasta esos
círculos.

También hay algunas pruebas de que la expectativa mesiánica judía hizo un impacto en el mundo gentil. La expectativa de que pronto aparecería un rey-salvador se propagó por todo el mundo antiguo debido, en parte, a que los judíos diseminaban el conocimento del Dios verdadero; en parte, a que las religiones paganas estaban perdiendo su atracción en la mente de los que pensaban, y, en parte, a la continua intranquilidad política que pendía sobre la civilización como una mortaja. Entre los gentiles muchos tenían una comprensión más clara de la esperanza mesiánica que los mismos dirigentes religiosos judíos.

Es evidente que esta esperanza fue pervertida por la gran mayoría. Hubo muchos que la aplicaron a uno u otro de los césares. Un grupo de "sabios" hizo una peregrinación a Italia en la búsqueda del salvador-rey. Inscripciones encontradas en Priene y Halicarnaso aplican un lenguaje mesiánico al emperador Augusto (27 a. C.-14 d. C.). El poeta romano Virgilio confirmaba que la popular esperanza mesiánica se había divulgado mucho, como se advierte en este pasaje de su Egloga:

"Ahora ha llegado la última era del canto de Cumas; la gran sucesión de los siglos comienza ahora. Ahora retorna la virgen, retorna el reinado de Saturno; ahora una nueva generación desciende del alto cielo. Sólo tú, pura Lucina, ¡sonríe por el nacimiento del niño, bajo el cual la progenie de hierro cesará primero; y una raza áurea se levantará por todo el mundo!... Desaparecerá cualquier rasgo duradero de nuestra culpa y se librará la tierra de su continuo terror. El tendrá el don de la vida divina; verá héroes confundidos con dioses, y él mismo será visto por ellos, y regirá un mundo al cual las virtudes de su padre han traído paz" (Egloga IV).

El nítido mesianismo pagano de esta égloga, atribuida por su compositor al oráculo de Cumas, probablemente se originó en los oráculos sibilinos con fuerte influencia judía, que en los días de Virgilio ya eran populares en el mundo romano. Sin duda, el mesianismo judaico de la diáspora influyó, en otras formas en los intelectuales romanos durante la era de Augusto y más tarde. Suetonio, historiador romano, escribió en estos términos: "Se había divulgado por todo el Oriente una antigua y firme creencia, de que en ese tiempo estaban destinados a regir el mundo de los hombres provenientes de Judea. Esta predicción, que se refiere al emperador de Roma, como después resultó ser en realidad, la gente de Judea se la aplicó a sí misma" (Vidas de los césares viii. 4). Otros historiadores antiguos registran una expectativa similar.

La aplicación popular de estas leyendas y profecías mesiánicas a Augusto (27 a. C.-14 d.C.) parecía estar justificada, pues durante su largo y pacífico reinado "se aplacó el turbulento mar de las conmociones civiles. Volvieron la paz y la prosperidad, y se establecieron en forma permanente en el imperio" (M. Rostovtseff, A History of the Ancient World, t. II, p. 198). Siglos de contiendas fueron "súbita y muy inesperadamente seguidos por paz, y cuando la tormenta de la guerra civil se aquietó en un momento, pareció natural ver en esto un milagro, una intervención de un poder divino en los asuntos terrenales" (Id., p. 203). Tácito hablaba de "paz plenamente estable o sólo levemente perturbada" (citado en James T. Shotwell, An Introduction of the History of History, p. 263). Esta era de paz pareció coincidir tan adecuadamente con la expectativa popular de un Mesías, que Augusto fue proclamado como salvador.