EL DIOS QUE YO CONOZCO

17.05. Vida religiosa judía - La diáspora

Los Judíos habían estado esparcidos por todo el mundo civilizado durante varios siglos antes del nacimiento de Cristo, llevando por donde quiera que iban el conocimiento del Dios verdadero. Se podía encontrar comunidades Judías en la mayoría de las ciudades del Imperio Romano. En algunas ciudades como Nehardea y Nisibis, en Mesopotamia de donde pudieron proceder los "magos"-, los Judíos constituían la mayoría de la población. Una gran proporción de los habitantes de Siria eran judíos. Josefo estimaba el número de judíos, sólo en Egipto, en un millón. Se afirma que en Alejandría constituían un tercio de la población. Los judíos de la dispersión o diáspora -especialmente intensa desde el siglo III a. C.-, evidentemente superaban en número a los que se habían quedado en Palestina.

Los judíos establecían sus sinagogas por dondequiera que iban, y en ellas acogían bien a los gentiles. Hacía ya unos dos siglos que el Antiguo Testamento podía leerse en griego (el idioma internacional de ese tiempo) y era ampliamente estudiado por las clases más educadas. Los judíos y los prosélitos asistían a las grandes festividades religiosas de Jerusalén, especialmente a la pascua, y al volver contaban a otros lo que habían aprendido allí. Aunque los judíos quizá no fueran apreciados por sus vecinos paganos, sin embargo eran respetados, y en general prosperaban más. Sus conceptos morales y sus prácticas eran incomparablemente superiores a los de los paganos. Su vida familiar con frecuencia era un modelo que admiraban los paganos que los rodeaban, los cuales observaban cómo los judíos trataban y criaban a sus hijos, inclusive a los menos promisorios. A pesar de su fracaso de no estar a la altura de los elevados ideales que podrían haber alcanzado, es un hecho innegable, que a pesar de sí mismos, los judíos dieron por todo el mundo un testimonio importante y eficaz del Dios verdadero, Creador y Sustentador de todas las cosas.

Los escritores romanos clásicos muestran que estaban familiarizados con las costumbres judías, aunque no siempre describen esas costumbres con exactitud. Por ejemplo, el poeta Horacio menciona a un amigo quien en broma rehusaba hablar de negocios con él porque era el "trigésimo sábado", y que preguntaba " '¿vas a provocar al judío circunciso?'... 'Yo soy un hermano un poco más débil, uno de los muchos [que tienen escrúpulos religiosos]´" (Sátiras i. 9. 68-73). Aunque evidentemente los judíos no debían hablar de negocios en su día sagrado. Su oscura referencia al "trigésimo sábado" se ha interpretado de diversas maneras; pero ninguna explicación al respecto es plenamente satisfactoria.

Sin embargo, parece que los judíos eran despreciados por muchos por su forma de vivir, y especialmente por sus restricciones en la alimentación y su observancia del sábado. Agustín, uno de los padres de la iglesia, nos informa que el filósofo Séneca se quejaba de que los judíos "proceden inútilmente guardando esos séptimos días, por lo que pierden debido a su ociosidad aproximadamente una séptima parte de su vida" (La ciudad de Dios vi. 11). Juvenal el poeta satírico, escribió: "Algunas que han tenido un padre que reverencia el sábado, no adoran otra cosa sino las nubes y la divinidad de los cielos, y no ven diferencia entre comer carne de cerdo, de la cual se abstuvo su padre, y la carne humana; y con el tiempo practican la circuncisión... Por todo lo cual debía culparse al padre, quien dedicaba cada séptimo día a la ociosidad apartándolo de todas las preocupaciones de la vida" (Sátira 14).

Tácito, el historiador romano presenta con detalles las prácticas religiosas judías; pero con frecuencia entiende mal su origen y significado. "Los judíos -dice- consideran como profano todo lo que nosotros tenemos como sagrado; pero permiten todo lo que nosotros aborrecemos" (Historia v. 4). Afirma que los judíos se abstenían de comer cerdo debido a que recordaban una plaga de escaras que una vez habían sufrido los cerdos. Entendía que sus frecuentes ayunos eran una conmemoración de un hambre prolongada que sufrieron una vez, y creía que su consumo de pan sin levadura era un recuerdo de la prisa con que comieron cuando finalmente consiguieron alimento. Acerca de su observancia del sábado, Tácito explica que los judíos "dicen que al principio eligieron descansar en el séptimo día porque ese día terminaban sus tareas; pero después de un tiempo fueron inducidos por los encantos de la indolencia a dedicar también el séptimo año a la inactividad" (Historia v. 4).

Otros escritores paganos que se refieren a las prácticas judías son Dio Casio, Historia romana xxxvii. 17; César Augusto, citado por Suetonio en Vidas de los césares ii. 776; y Marcial, Epigramas iv. 4.

17.04. Vida religiosa judía - Las escuelas

Las escuelas eran especialmente importantes para la vida judía, pues ayudaban a modelar su carácter y a establecer su sistema ético. La educación sistemática había desempeñado un papel significativo en la vida de los israelitas desde la antigüedad, como lo indican las escuelas de los profetas fundadas por Samuel y reestablecidas por Elías. Las escuelas judías se inauguraron de nuevo, quizá alrededor del período 90-80 a. C., debido a la reforma de Simeón ben Shetaj y Judas ben Tabbai. Parece que establecieron escuelas en algunas de las sinagogas para afianzar una observación más estricta de la ley ceremonial y de un ritual mejor reglamentado que su reforma había elaborado.

Al padre y a la madre en el hogar siempre había correspondido, entre los judíos, la principal responsabilidad en la educación de la juventud. Se esperaba que dieran a sus hijos un conocimiento de la Torah y de los principales dogmas del judaísmo. Pero debido a las catastróficas vicisitudes por las que había pasado la nación se había interrumpido la vida hogareña, y con frecuencia los mismos padres necesitaban instrucción. Para remediar esta situación se establecieron escuelas con escribas como maestros, para que inculcaran en la mente de los niños aquellas cosas que habían de conservarlos fieles al judaísmo en años posteriores para robustecer a la nación. El pueblo o ciudad que no proporcionaba instrucción religiosa a su juventud, era considerado como si hubiera estado bajo la maldición de Dios.

Aunque esas escuelas respondían a una necesidad bien definida, crecían muy lentamente. Sólo se ofrecía educación a los muchachos. Para los que procedían de hogares de buena posición económica de los pueblos más grandes, les era fácil encontrar tiempo y oportunidades para estudiar; pero a los muchachos más pobres de los lugares más pequeños, les era muy difícil encontrar tiempo para dedicarlo a su educación. Aún para poder subsistir con frecuencia se obligaba a los muchachos a trabajar en los campos o en el taller con sus padres. No fue sino hasta en los días de Jesús (el hijo de Gamaliel), poco antes del estallido de la guerra romana de 66-73 d. C., cuando se fundaron escuelas en todos los distritos y en cada pueblo medianamente importante.

En esas escuelas elementales la instrucción era sencilla y rudimentaria. Aunque se enseñaba a leer y a sacar cuentas, la Torah era la base de toda instrucción. Se enseñaban, ante todo, los ritos y rituales de la religión judía, su significado y la importancia de cumplir con todas las obligaciones de la ley.

Para los niños dotados de inteligencia y talento había escuelas superiores a las cuales rara vez podían aspirar los muchachos más pobres. Aunque el curso de estudio en tales instituciones era más esmerado que en las escuelas elementales, siempre se centralizaba en la Torah. Esas escuelas superiores por lo general eran informales, cuyo centro era el maestro, y se reunían en una sinagoga bien equipada o en un local destinado para ese propósito. Esas escuelas superiores existían en Jerusalén y en las ciudades más grandes del extranjero donde había suficientes judíos para sostenerlas y se podía disponer de los servicios de maestros instruidos e influyentes. Una famosa escuela en Jerusalén era la de Gamaliel (Hechos 5: 34-40), a la cual asistió Pablo (Hechos 22: 3).

En las escuelas de todos los niveles la instrucción se basaba en las Escrituras y en la tradición judía. La ley y su interpretación basada en la tradición, era el principio y el fin de la instrucción. Se daba énfasis especial a las enseñanzas que a través de los años habían añadido los escribas según su sabiduría.Pero había judíos fieles que no estaban satisfechos con esa instrucción basada en la tradición legalista, y creían que con la bendición y la iluminación de Dios podían educar mejor a sus hijos instruyéndolos en sus hogares. Entre esos padres se encontraban María y José de Nazaret. Jesús nunca asistió a las escuelas de la sinagoga. La maestra de Jesús fue su madre, quien tomaba las Escrituras y de su propia experiencia con Dios y con la vida lo que enseñaba a Jesús, y él lo añadía a lo que aprendía de la naturaleza y de su comunión con su Padre celestial. José enseñó a Jesús el oficio de carpintero y otras cosas prácticas de la vida. Aunque los enemigos de Jesús declararon que no había "estudiado" Juan 7: 15), su carácter y su ética eran muy superiores a cualquier cosa que las mejores escuelas pudieran haberle impartido.

17.03. Vida religiosa judía - La sinagoga

La sinagoga -griego: συναγωγη [sunagôgê] literalmente la "asamblea"- era un punto importante en la vida comunitaria judía. Esta institución característica del judaísmo nació y floreció durante el cautiverio babilónico y después de él. La tradición afirma que el profeta Ezequiel, uno de los cautivos de Tel-abib cerca del río Quebar en la baja Mesopotamia, fue el fundador de la sinagoga. Durante los siglos posteriores al cautiverio, los judíos voluntariamente se esparcieron por todo el mundo conocido, de modo que era difícil hallar una ciudad sin una comunidad judía (Hechos 15: 21), y cada comunidad tenía su sinagoga. Se debía establecer una sinagoga cuando hubiera diez adultos varones, y esos diez se convertían en sus primeros "dirigentes".

La sinagoga sirvió, quizá más que ninguna otra institución, para conservar la religión, la cultura y el sentido de la individualidad racial propio de los judíos. La sinagoga nunca fue un lugar de sacrificios como el templo de Jerusalén, y por lo tanto no era considerada como un lugar de culto en su sentido más elevado. En ella se celebraban servicios cada sábado, en los cuales se leían y explicaban la ley y los profetas, lo cual constituía el centro de atención. La sinagoga con frecuencia también servía durante la semana como un tribunal local (Marcos 13: 9), y generalmente como una escuela. En resumen, la sinagoga era un lugar para recibir instrucciones en las Escrituras y para orar. Las comunidades judías existían separadamente en los países extranjeros y se ocupaban de sus propios asuntos civiles y religiosos, sujetas, por supuesto, a la ley del país (Josefo, Antigüedades XIX. 5. 3).

Los sacerdotes no estaban directamente relacionados con la administración de las sinagogas, pues no había sacrificios, aunque se los invitaba con frecuencia para que participaran en los servicios. Los asuntos de cada sinagoga y de la comunidad que comprendía, estaban bajo la supervisión de un consejo de ancianos (Lucas 7: 3-5) o gobernantes (Marcos 5: 22). El magistrado más importante, el presidente de la sinagoga (Lucas 8: 49; 13: 14), presidía durante los servicios o decidía que otros lo hicieran, y nombraba a hombres capaces de la congregación para que oraran, leyeran las Escrituras y exhortaran a los fieles. No había clérigos. Había, por lo menos, un funcionario de menor importancia, el jazzan -equivalente a un diácono de la iglesia cristiana- que tenía a su cargo los deberes más humildes, tales como sacar del arca los rollos de la ley y los profetas y ponerlos de nuevo dentro de ella, y aplicar los castigos corporales decididos por los ancianos.

En diversos lugares de Palestina se pueden ver las ruinas de sinagogas, algunas de las cuales quizá datan del tiempo de Cristo. Las ruinas de la sinagoga de Capernaúm datan del siglo III. Las sinagogas eran rectangulares, y su entrada principal estaba en el extremo sur. Las congregaciones más ricas embellecían sus sinagogas con diversos adornos, como guirnaldas de hojas de parra y racimos de uvas -el símbolo nacional de Israel-, el candelero de siete brazos, un cordero pascual, la vasija de maná y muchos otros objetos y escenas de las Escrituras del Antiguo Testamento. En el salón principal de la sinagoga había un pupitre para la lectura, un asiento para el exhortador y un cofre o arca que contenía los rollos de la ley y los profetas. Había asientos o bancos, por lo menos para los miembros más ricos de la congregación (cf. Sant. 2: 2-3), y los que estaban adelante, cerca del pupitre del lector, eran considerados como "los primeros asientos" (Mateo 23: 6). La congregación, que miraba hacia el arca, estaba dividida en dos grupos: los hombres (de 12 años en adelante) se sentaban a un lado, y las mujeres y los niños (entre 5 y 12 años) se sentaban en el otro, o a veces en un balcón o recinto separado.

La asistencia de los varones era obligatoria en día sábado y en los días festivos, y se consideraba un acto meritorio participar en el servicio que -de acuerdo con las costumbres modernas- indudablemente era largo. Los especialistas difieren en cuanto a los detalles de los servicios celebrados en las sinagogas en el siglo I a. C., y puesto que la mayoría de los documentos disponibles son escritos rabínicos, es difícil saber con certeza cuánto de eso se aplica al período anterior al 70 d. C. Sin embargo, el siguiente esquema quizá se aproxime mucho al orden de los servicios de las sinagogas como eran en los días de Jesús y los apóstoles:

1. Recitación al unísono de la shema' -una confesión de fe tomada principalmente de pasajes tales como Deuteronomio 6: 4-9; 11: 13-21; Números 15: 37-41-, antes y después de la cual un miembro de la congregación se situaba frente al arca de la ley para ofrecer en nombre de todos una oración séptuple, cada una de cuyas partes era confirmada con el "¡Amén!" de la congregación. Entre la sexta y la séptima parte de esta oración, si había sacerdotes presentes subían a la plataforma del arca y levantando las manos pronunciaban al unísono la bendición aarónica de Levítico 9: 22 y Números 6: 23-27.

2. La parashah, o lectura de la sección correspondiente de la ley (cf. Hechos 13: 15). La reverencia debida a la ley exigía que el rollo se desenvolviera detrás de una cortina sin que lo viera la congregación. La ley, o sea los cinco libros de Moisés, se leía enteramente en un ciclo de tres años, y una parte estaba designada para cada sábado. Cada una de esas partes estaba dividida en siete secciones que tenían a lo menos tres versículos. Se designaba a un miembro diferente de la congregación para que leyera cada una de esas subdivisiones. Cualquiera que cometiera el menor error era inmediatamente reemplazado por otro. La lectura de la ley era traducida versículo por versículo del hebreo al idioma del pueblo común (arameo en Palestina; ver Nehemías 8: 1-8), y por otra persona, para evitar la posibilidad de que hubiera un error en la traducción exacta del texto de las Escrituras.

3. La haftarah, o lectura de los profetas. El rollo de los profetas -que era considerado menos sagrado que la ley- tenía un solo rodillo y no dos como la ley, y podía ser desenrollado delante de la congregación. No hay ninguna prueba de que hubiera un ciclo u orden para la lectura de los profetas en el tiempo de Cristo. Por lo tanto, quizá el rollo era entregado a la persona designada por el dirigente de la sinagoga para que leyera, y el lector elegía el pasaje. Fue en esta parte del servicio en la que participó Jesús en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4: 16-22), cuando después de leer en Isaías 61 presentó ante la gente su misión y autorización profética. El que leía de los profetas era llamado el "despedidor", pues su lectura más sus observaciones y exhortaciones basadas en el pasaje leído constituían la parte final del servicio.

4. La derashah, o "investigación", "estudio", era un sermón generalmente presentado por un miembro de la congregación. El lector de la haftarah, como los que leían de la ley, quedaba en pie mientras leía. Pero el que predicaba el sermón se sentaba en un asiento especial cerca del atril o pupitre de lectura conocido como "cátedra de Moisés" (Mateo 23: 2). Sus observaciones generalmente se basaban en la lectura de los profetas; pero podían incluir también la de la ley. En esas interpretaciones de los mensajes proféticos, la imaginación del orador con frecuencia divagaba mucho, usando paráfrasis, parábolas o leyendas para destacar cómo entendía el mensaje profético. A los visitantes, con frecuencia se los honraba invitándolos a presentar el discurso. Pablo aprovechó más de una vez esa oportunidad (Hechos 13: 14-16; 14: 1; 17: 1-2, 10-11; 18: 4; 19: 8).

5. El sermón era seguido por la bendición. Esta era ofrecida por un sacerdote si estaba presente; de lo contrario, se ofrecía una oración. En algunos lugares se cantaban salmos en el servicio.

En Palestina no sólo había sinagogas para los judíos autóctonos sino también para los judíos que habían nacido en el extranjero, pero habían regresado a la tierra de sus antepasados. Por eso en Jerusalén había, en días de los apóstoles, una sinagoga de "los libertos" (Hechos 6: 9), que quizá eran judíos o descendientes suyos, que una vez habían sido cautivos o esclavos de los romanos, pero más tarde fueron libertados. Esteban disputó con los miembros de esa sinagoga.

También había sinagogas judías en Alejandría, en Antioquía de Siria, en Roma y, sin duda, virtualmente en todas las otras ciudades del imperio, pues Pablo las encontraba no sólo en lugares principales como Corinto, Efeso y Tesalónica, sino también en Salamina de Chipre, Antioquía de Pisidia, Iconio, Berea de Grecia, e indudablemente en muchos otros lugares que no son mencionados.

Fácilmente se puede entender cuánto influían sobre los judíos los servicios de la sinagoga, con su énfasis sobre la ley, el deber y las esperanzas y aspiraciones espirituales. El énfasis puesto en la Torah -la voluntad revelada de Dios- daba a los judíos un carácter ético que los destacaba entre los pueblos del Imperio Romano.

17.02. Vida religiosa judía - Los escribas

Este grupo era llamado en hebreo soferim, "escribas", "escritores"; y en griego γραμματεις [grammateis], literalmente "secretarios" o "amanuenses" (Mateo 7: 29, etc.).

También se los llamaba -y con más exactitud νομικοι [nomikoi]: "intérpretes de la ley" (Lucas 7: 30), y νομοδιδασκαλοι [nomodidaskaloi]: "maestros de las leyes" ("doctores de la ley" en Lucas 5: 17 y 1 Timoteo 1: 7).

Su tarea consistía en estudiar e interpretar las leyes civiles y religiosas, y aplicarlas a los detalles de la vida diaria. Sus dictámenes -semejantes a los de los magistrados actuales de una corte suprema- tenían mucha importancia y se convertían en la base de futuras interpretaciones. Ese conjunto de decisiones constituía la "tradición" contra la cual Jesús se pronunció con tanta frecuencia, y la cual -también con frecuencia- fue acusado de haber violado (Mateo 15: 2-3, 6; Marcos 7: 2, 3, 8, 9).

Algunos escribas notables fueron grandes maestros entre los judíos. En los días de Jesús los escribas eran más influyentes que cualquier otro grupo de dirigentes. Muchos de ellos eran miembros del sanedrín. Algunos escribas aceptaron a Cristo (Mateo 8: 19); pero la mayoría de ellos tenían un profundo prejuicio contra él (Mateo 16: 21). La mayoría eran fariseos.

17.01. Vida religiosa judía - El pueblo común

Aunque las sectas del judaísmo fueron importantes en la vida de la nación, representaban sólo un fragmento de la población judía del siglo I d. C. La mayoría de la gente desconocía los detalles de la ley que tanto interesaban a los fariseos, esenios y zelotes, y tampoco se sentía atraída por la sofisticación de los saduceos. Esas masas incultas eran conocidas en hebreo como 'am ha'árets, "gente de la tierra".

Los fariseos los despreciaban debido a su ignorancia y su descuido en el pago del diezmo y con las purificaciones rituales; y por esa razón creían que estaban bajo una maldición:

"¿Acaso ha creído en él alguno de los gobernantes, o de los fariseos? Mas esta gente que no sabe la ley, maldita es" (Juan 7: 48, 49).

Jesús y sus discípulos hicieron buena parte de su obra entre esa gente, y seguramente -tal vez con frecuencia- se los clasificaba con ellos:

"Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo de publicanos y de pecadores... Entonces se acercaron a Jesús ciertos escribas y fariseos de Jerusalén, diciendo: ¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los ancianos? Porque no se lavan las manos cuando comen pan... Y se maravillaban los judíos, diciendo: ¿Cómo sabe éste letras, sin haber estudiado?" (Mateo 11: 19; 15: 1-2; Juan 7: 15).

El hecho de que el 'am ha'árets descuidara las restricciones rituales y ceremoniales no significaba, sin embargo, que necesariamente no sentía deseos de Dios, y sin duda esa gente formaba la mayoría de los que oían a Cristo "de buena gana" (Marcos 12: 37).

La vida judía continuó su curso mientras Herodes construía, gastaba dinero, asesinaba, y hasta que finalmente murió. Las esperanzas mesiánicas aumentaban. Los fariseos presentaban con insistencia ante el pueblo un ejemplo de rígido legalismo caracterizado por la estricta observancia del sábado y por reglas rituales de purificación.

La rutina de los servicios del templo de Jerusalén continuaba con dignidad y pompa inalterables, mientras que sus atrios estaban llenos de adoradores, mendigos, cambistas de dinero y vendedores de animales para los sacrificios. Miles de peregrinos procedentes de los confines más distantes de Palestina y de todo el mundo, acudían a Jerusalén para las tres fiestas anuales: la pascua y los panes sin levadura, Pentecostés y los tabernáculos.

Los fariseos anhelaban rectitud; el pueblo común, el gozo de la religión; la nación, al Mesías.

En lo que atañe a religión, el pueblo común no estaba atado en nada a la minuciosa observancia de las tradiciones legales como los fariseos. Sin embargo, éstos tenían una influencia considerable y, además, hacían mucho para imponer el tono religioso en la nación. Esto significaba que el tradicionalismo y el ceremonialismo desempeñaban un gran papel en el pensamiento y en la vida religiosa de los judíos.

16.05. Las sectas del judaísmo - Los zelotes

Los zelotes, como los herodianos, perseguían intereses políticos. Hay varias teorías en cuanto a su origen. Algunos creen que provinieron -como los fariseos y los esenios- de los hasidim. Serían, pues, los "piadosos", para quienes la política se convertía en el principal motivo de la religión. Sin embargo, es difícil establecer una relación tal por medio de claras evidencias documentales.

Josefo (Antigüedades xviii. 1. 6) describe una "cuarta secta de filosofía judía" que con frecuencia se ha comparado con los zelotes, aunque también falta una prueba concluyente documental para esta identificación. Josefo atribuye la fundación de esta secta a Judas Galileo (de Gaulanítide), que levantó una revuelta contra los impuestos, quizá después del censo de Quirinio, año 6 d. C. (Hechos, 5: 37).

Josefo informa que en asuntos religiosos estaban de parte de los fariseos; pero que políticamente rehusaban que alguien los gobernara, excepto Dios. Pero no menciona a los zelotes, a lo menos por nombre, hasta el tiempo de la guerra romana (66-70 d. C.), cuando aparecieron como un partido extremista bajo el liderazgo de Juan Gichala (Guerra v. 3. 1). Sin embargo, puesto que él nos informa (Antigüedades xviii.1. 6) que los adictos de la "cuarta secta" fueron particularmente activos durante esa guerra, muy bien podrían ser identificados con los zelotes. Uno de los discípulos de Cristo, Simón (no Pedro), probablemente había pertenecido a los zelotes (Lucas 6: 15; Hechos 1: 13).

16.04. Las sectas del judaísmo - Los herodianos

Los herodianos surgieron después que los grupos mencionados anteriormente, e indudablemente sólo se interesaban en la política.

Poco se sabe de ellos fuera de las 3 referencias incidentales en el Nuevo Testamento:

"Y le enviaron los discípulos de ellos con los herodianos, diciendo: Maestro, sabemos que eres amante de la verdad, y que enseñas con verdad el camino de Dios, y que no te cuidas de nadie, porque no miras la apariencia de los hombres" (Mateo 22: 16).

"Y salidos los fariseos, tomaron consejo con los herodianos contra él para destruirle" (Marcos 3: 6).

"Y le enviaron algunos de los fariseos y de los herodianos, para que le sorprendiesen en alguna palabra" (Marcos 12: 13).

Josefo habla de "partidarios de Herodes" (Antigüedades, Libro XIV, cap. 15, pár. 10).

Según parece eran galileos que deseaban que los descendientes de la casa de Herodes gobernaran en Palestina en vez de los extranjeros.

16.03. Las sectas del judaísmo - Los esenios

Los esenios constituían una tercera secta judía. Como los fariseos, parecen haber sido una rama de los hasidim. En realidad, los esenios representaban el extremo conservador del mismo movimiento que dio como resultado el farisaísmo. Los esenios pusieron en práctica los principios más severos de los fariseos.

Algunas diferencias menores entre los diversos núcleos que dieron origen a los esenios parecen indicar que la secta estuvo dividida en dos grupos, uno de los cuales se caracterizaba por su repudio al matrimonio. En otros asuntos ambas clases de esenios practicaban el separatismo de los fariseos, hasta el punto de apartarse de la sociedad y, por lo tanto, su vida fue virtualmente monástico. No comerciaban, rehusaban tener esclavos, y por lo menos, en cierta medida, rehuían los sacrificios del templo. Se negaban a prestar juramentos, practicaban la comunidad de bienes, participaban de comidas en común con alimentos preparados por sacerdotes-cocineros, vivían separados de los que no eran esenios y se ayudaban fraternal y recíprocamente en los casos de enfermedad y en otras circunstancias adversas. Se vestían de blanco y eran escrupulosamente limpios. En este respecto se destacaba su énfasis en los lavamientos ceremoniales por inmersión, que practicaban diariamente.

Los esenios creían en la preexistencia de las almas, por lo que sostenían un dualismo filosófico y rechazaban la resurrección del cuerpo. En sus enseñanzas había elementos indudablemente derivados del zoroastrismo. La doctrina de los esenios tenía, en ciertos aspectos, algunas características del pitagorismo griego.

Los descubrimientos arqueológicos de Khirbet Qumrán (ver también: Isaìas - Paternidad literaria), en la zona del mar Muerto, despertaron un nuevo interés en esta secta. Se ha difundido mucho ahora entre los eruditos la convicción de que los edificios de Qumrán pertenecían a una comunidad que floreció en el siglo I a. C., y de nuevo, después de un período vacante, en el siglo I d. C.; y que los manuscritos allí encontrados eran una biblioteca esenia. El parecido entre estos documentos -especialmente del Manual de Disciplina y el Comentario de Habacuc- con un tratado descubierto en El Cairo en 1896, que se originó con un grupo conocido como los pactantes de Damasco, ha permitido suponer que ese grupo de Damasco también era esenio.

Esos documentos revelan una afinidad notable con algunos aspectos del cristianismo primitivo, y demuestran una relación más estrecha de la que se había advertido antes entre las enseñanzas de Juan el Bautista y Jesús por un lado, y ciertos elementos del judaísmo por el otro. Señalan que la venida del Mesías -incluso de dos Mesías- era un dogma importante de las creencias en Qumrán. Por lo menos los grupos de Qumrán y de Damasco remontaban su origen hasta un profeta, "el Maestro de justicia". Él había organizado a sus seguidores en un "Nuevo Pacto" (o "Nuevo Testamento") en preparación para el reino mesiánico, y se había visto envuelto en serios conflictos con las autoridades religiosas dominantes entre los judíos.

Mediante la pureza de su vida y su estricta obediencia a la ley, la comunidad de Qumrán se proponía contribuir en la preparación del mundo para el reino venidero. Insistían en que los actos de purificación -como las inmersiones diarias- eran inútiles si no eran precedidos por una limpieza del corazón mediante "un espíritu santo" que ellos creían que Dios les hacía conocer por medio de "su Ungido".

Su énfasis en la limpieza espiritual preparatoria para el reino mesiánico, sus lavamientos, sus elevadas normas de ética y su establecimiento en el desierto del jordán, cerca del mar Muerto, se asemejan mucho con el ministerio de Juan el Bautista; y como éste, declaraban que ellos eran el cumplimiento de Isaías 40: 3 "Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios".

Este parecido es tan sorprendente, que es difícil no llegar a la conclusión de que Juan debe haber tenido alguna relación con los esenios. Algunos aspectos de las enseñanzas de los apóstoles Juan y Pablo también encuentran varios ecos paralelos en la literatura de los esenios. Por supuesto, esto no significa que dichos apóstoles tomaron su mensaje evangélico de alguna o algunas enseñanzas de los esenios.

16.02. Las sectas del judaísmo - Los saduceos

No se conoce el significado de este nombre, a menos que derive del nombre de la familia sacerdotal de Sadoc (1 Reyes 2: 35), nombre que probablemente se usó como distintivo común de los diversos exponentes del pensamiento de la aristocracia. Esos exponentes eran los saduceos, que se preocupaban mucho por los intereses seculares de la nación. De modo que los saduceos eran completamente diferentes de los fariseos. El buen éxito material y político logrado por la familia de los Macabeos fue para los saduceos un motivo de honda satisfacción. Sus intereses eran principalmente políticos. Sus propósitos se enfocaban en ese tema. El separatismo era completamente contrario a su perspectiva y sus prácticas.

No eran antirreligiosos, pero creían que el bienestar de la nación -según ellos lo concebían- no requería que las consideraciones religiosas fueran decisivas en todos los asuntos. Aceptaban la Torah, la Ley, como canónica; pero rechazaban el resto del Antiguo Testamento pues no lo consideraban inspirado, y negaban el valor de la tradición de la cual dependían mucho los fariseos.

Los saduceos no aceptaban la enseñanza de una vida futura, o de ángeles, o de espíritus de cualquier naturaleza, o de una retribución futura, pues declaraban que en la Torah no había declaraciones definidas en cuanto a estos temas (Josefo, Antigüedades xviii. 1. 4; Guerra ii. 8. 14 [164-165; Hechos 23: 8]). Los fariseos confesaban su dependencia de Dios para obtener su ayuda, pero los saduceos dependían de sí mismos. No tenían inconvenientes en hacer alianzas con los extranjeros y en utilizar cualquier otro medio que fuera para el beneficio de la nación.

Como los saduceos representaban la aristocracia judía, no reflejaban el parecer de todo el pueblo. Eran, hasta cierto punto, una reencarnación del partido helenístico que había existido entre los judíos, y contra el cual se habían levantado los hasidim, en tanto que los fariseos eran los descendientes ideológicos de los hasidim.

Los príncipes asmoneos lograron al principio evitar ser partidarios o de los fariseos o de los saduceos; pero admitieron la colaboración de ambos, distribuyendo los cargos públicos y los honores entre los dos grupos. Durante el largo principado de Juan Hircano I, hijo del noble asmoneo Simón, una indiscreción de algunos caudillos de los fariseos inclinó a los asmoneos hacia el lado de los saduceos (Josefo, Antigüedades xiii. 10. 6 [293-296]). Desde entonces la casa asmonea fue más abiertamente helenística, es decir, menos judaica en su política y en sus procedimientos; y la influencia de los saduceos fue cada vez mayor en los asuntos de la nación. Sin embargo, es poco lo que se sabe de los saduceos porque no dejaron ningún libro o escrito.

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