EL DIOS QUE YO CONOZCO

 19.14 Intervención de Herodes Agripa

Herodes Agripa II, que había estado ausente en Alejandría, volvió y presentó un ferviente discurso al pueblo de Jerusalén instándole a que no pensara en un conflicto con los romanos, sino que hiciera la paz a cualquier precio. 

Hizo notar que el tiempo de haber luchado por la libertad fue cuando Pompeyo había llegado a Judea cien años antes.  Se refirió a los grandes imperios y las famosas ciudades del pasado que ya estaban bajo el dominio de Roma.  Recordó al pueblo que no tendría aliados terrenales que lo ayudaran si se sublevaba, y que aun Dios parecía estar del lado de los romanos, pues de lo contrario no podrían haber fundado un imperio tan grande; que la rebelión contra los romanos sólo llevaría al desastre, no sólo a la población de Judea, a la ciudad y a su bello templo, sino también a los judíos dispersos, "pues no hay" -dijo el rey- "ningún pueblo en el mundo donde no haya una parte de nuestra raza" (Guerra ii. 16. 4).

El pueblo de Jerusalén consintió, por consejo del rey, en ocuparse en la reedificación de los edificios dañados en la ciudad, especialmente en el distrito del templo, y en cobrar y pagar los impuestos que estaban atrasados. Pero cuando Agripa los instó a que se sometieran a Floro, se enfurecieron tanto que decidieron que el rey fuera desterrado de Jerusalén.  Ante esto, Agripa volvió a sus dominios.

 19.13 Floro 

Gesio Floro reemplazó a Albino, y difícilmente podría haberse hecho un nombramiento peor.  

Floro cometió todas las necedades, inconsideraciones, violencias y maldades que su predecesor había hecho, y las hizo descarada y manifiestamente como si hubieran sido justas.  Josefo dice: "Gesio Floro hizo que él [Albino] pareciera en comparación de él un modelo de virtudes" (Guerra ii. 14.2 [277]). 

Floro llegó a Palestina en 64 d. C.  Ahora no se podía evitar que estallara la guerra.  Repetidas veces bandas de judíos habían robado armas de los depósitos romanos, de modo que algunos de los guerrilleros judíos estaban bien equipados para la guerra.  

Cuando Cestio Galo, gobernador de Siria, llegó a Jerusalén en la pascua del año 65 d. C., en una recorrida por sus provincias lo esperaba una multitud de peticionantes que clamaban por justicia.  Galo prometió que amonestaría a Floro, su subordinado; pero cuando lo hizo, Floro se justificó y echó la culpa a los judíos por las dificultades.  Por supuesto, el registro de las insubordinaciones pasadas de los judío dio validez a los argumentos de Floro.

Entre tanto parece que Floro esperaba que hubiera una guerra con los judíos a fin de ocultar su propia conducta vergonzosa.  Repetidas veces, y sin duda a propósito, parece que provocaba la rebelión, y no demoró la guerra.  Josefo dice que esta  rebelión contra los romanos comenzó por un acontecimiento que ocurrió en la primera parte del año 66 d. C. (Guerra ii. 14. 4 [284-288]).


Floro aceptó soborno de los   judíos para permitirles que se vengaran de unos griegos que habían profanado una   sinagoga en Cesarea, sin temor a ser castigados.  Cuando esto estaba a punto de   provocar una crisis, él pidió a la tesorería del templo 17 talentos (unos 580 kg) de   plata, con la excusa de que eran para "los gastos de César". Esto enardeció al pueblo, e irónicamente unos pocos comenzaron a hacer una colecta de dinero para los "indigentes".  

Floro aprovechó esa mofa como pretexto para atacar a los judíos.   Al día   siguiente sus soldados mataron en Jerusalén a todos los que encontraron en el mercado, irrumpieron en los hogares, y saquearon y mataron a hombres, mujeres y   niños.
 
Floro se extralimitó más que cualquier gobernador anterior, y aun crucificó, sin juicio previo, a judíos que habían recibido la jerarquía de caballeros romanos.  Josefo dice que en esta ocasión fueron muertos 3.600 hombres, mujeres y niños.  Berenice, la hermana de Herodes Agripa, fue testigo de la matanza y procuró contener a Floro; pero fueron vanos sus esfuerzos para evitar más derramamiento de sangre.
 
Al día siguiente de la matanza más judíos perdieron la vida cuando, con el pretexto de otra provocación, Floro ordenó que dos cohortes de soldados acometieran a una multitud que se había reunido para encontrarse con los romanos en paz. 

19.12 - Albino

El sucesor de Festo fue Albino, que sin duda llegó después de recibir severas instrucciones para restaurar el orden en Judea. 

Inmediatamente tomó providencias contra los sicarios, los que a su vez resistieron de forma más acentuada y eficaz.  Una de sus tácticas era la de secuestrar a algún judío prominente, y bajo la amenaza de quitarle la vida exigían que el sumo sacerdote consiguiera de los romanos la liberación de algunos compañeros de ellos que estaban presos.  La situación se complicó más debido a una áspera división entre los sacerdotes, división que se produjo cuando Herodes Agripa II nombró a un nuevo sumo sacerdote.  Esto provocó disturbios menores.

Albino aumentó la intranquilidad de Judea, en vez de calmarla.  Josefo declara que "no hubo ninguna forma de villanía que él dejara de practicar" (Guerra de los Judíos, ii. 14. 1 [272]; ed. Loeb, t. 2, p. 429).  

Su codicia de dinero no reconocía límites.  Saqueaba propiedades privadas, imponía impuestos más altos que los habituales, abiertamente aceptaba sobornos para liberar a criminales, y aun llegó al punto de conceder inmunidad -por dinero- a aquellos judíos que activamente actuaban como sediciosos contra los romanos. Como consecuencia de esta anarquía, los zelotes se enardecieron más y los sicarios se volvieron más agresivos.  

La gente amante de la paz vivía atemorizada de perder la vida y sin esperanza de que se le hiciera justicia.  Cuando recurrieron a Roma, se le ordenó a Albino que regresara a esta ciudad.  Al recibir la noticia de su destitución, Albino se esforzó por aquietar la situación apaciguando a los elementos sediciosos con halagos, lisonjas y sobornos.  Esta complacencia a los turbulentos sólo empeoró las cosas, y todo el país se convirtió en material inflamable listo para encenderse.


19.11 - La muerte de Jacobo

 Inmediatamente después de la muerte de Festo y antes de la llegada de Albino, su sucesor, el sumo sacerdote Anás hizo comparecer ante el sanedrín a Jacobo, el hermano del Señor. Quizá éste fue el mismo Jacobo que había presidido en el concilio de Jerusalén unos trece años antes y autor de la epístola de Santiago. Los dirigentes judíos lo hicieron morir apedreado junto con otro por "violar la ley". 

Josefo afirma que cuando el nuevo procurador recibió las protestas de algunos dirigentes judíos, reprendió severamente a Anás por haber convocado al sanedrín y haber pronunciado una sentencia de muerte sin su consentimiento. Herodes Agripa II, que controlaba el sumo sacerdocio, lo eliminó de su cargo después de haberlo ejercido sólo tres meses (Josefo, Antigüedades xx. 9. 1).

19.10 - Porcio Festo

Probablemente en el año 60 d. C.  Félix volvió a Roma, y Porcio Festo ocupó su lugar como procurador de Palestina.  

Festo era capaz y honrado; pero apareció en el escenario demasiado tarde para lograr alguna mejora perdurable en la situación política que se desintegraba rápidamente.  Por lo tanto, su actuación como procurador sólo se caracterizó por la continuación de los desórdenes, el aumento del poder de los zelotes y el creciente desafío de los "sicarios" (asesinos de los romanos).  

Festo murió en su cargo dos años después.  Este procurador fue el que envió a Pablo -a pedido del mismo apóstol- para que compareciera ante el tribunal de Nerón (Hechos 25:11-12).

19.09 - Claudio y los judíos

Claudio (murió en el año 54 d. C.) expulsó a los judíos de Roma (cf.  Hechos 18:2) quizá a mediados de su reinado. 

No son muy claras las razones para tomar esa drástica medida.  Suetonio dice sencillamente que "puesto que los judíos constantemente provocan perturbaciones siendo instigados por Cresto, él [Claudio] los expulsó de Roma" (De Vita Caesarum, Claudius  [La Vidas de los césares, Claudio] cap. 25, sección 4).  Pero es posible entender por el latín de este pasaje - Iudaeos impulsore Chresto assidue tumultuantis Roma expulitque los disturbios se levantaron contra Cresto. 

Algunos cristianos posteriores interpretaron que Chresto significaba Christus, [Cristo] (Lactancio, Instituciones divinas iv. 7; Tertuliano, Apología, cap. 3).  Era muy natural para Suetonio escribir Chresto en lugar de Christus, ya que el primero era un nombre en uso entre los griegos y los romanos.¹ Por lo tanto, podría entenderse que los judíos habrían provocado tumultos contra los seguidores de Cristo y no en su favor. Puesto que fuera de Roma los judíos levantaban tumultos siempre que los cristianos hacían públicamente su obra (Hechos 14:2-6, 19; 17:5-9, 13; 18:12-17; 19:8-9), no sería nada extraño que los judíos hubieran hecho lo mismo en Roma.

Sin embargo, Claudio continuó al mismo tiempo con la política de sus predecesores, favorable con los Herodes, que en ese tiempo ya era algo casi tradicional.  Aunque Claudio no había hecho caso de los reclamos de los hijos de Herodes Agripa cuando éste murió en 44 d. C., sin embargo, cuando el tío de Agripa, rey de Calcis en el Antilíbano, murió unos cuatro años más tarde, Claudio dio el reino al joven Herodes Agripa II.  En 52 d. C. el emperador continuó favoreciéndolo cuando le entregó territorios más extensos, en el noreste de Palestina, que una vez había gobernado Felipe el tetrarca.  Más tarde Nerón aumentó esas posesiones.  En la guerra de los años 66-73, Herodes Agripa II estuvo de parte de los romanos contra los judíos.

19.08 - Felix

Antonio Félix reemplazó a Cumano como procurador de Judea. Félix era liberto y hermano de Palas, ministro del emperador Claudio. Félix quizá ya había sido gobernador de parte de Samaria; pero si así fue, su experiencia parece haber sido insuficiente para desempeñar las responsabilidades mayores que ahora le correspondían. Tácito, historiador romano, dice que "practicaba toda suerte de crueldades y albergaba toda codicia, y ejercía el poder de un rey con todos los instintos de un esclavo" (Historias v. 9). Félix parecía ser completamente incapaz de entender el temperamento del pueblo judío, y le faltaba el deseo de mejorar las condiciones que afligían a los judíos hasta la desesperación. Se casó con Drusila¹ (Hechos 24:24), hija de Agripa I.

Los zelotes, cuya influencia había aumentado durante los últimos años, ahora aumentaron mucho en número; y los fariseos aunque eran judíos patriotas contemplaban con temor los extremos a los que llegaban los zelotes. Para agravar las cosas, surgió en ese tiempo una organización llamada los "sicarios" o "acuchilladores", grupo que tomó la inflexible determinación de que nadie, sino judíos, quedaran en Judea; y se propusieron alcanzar esa meta a cualquier precio para ellos o para su país. Para lograrlo recurrían a la intimidación, al saqueo y el asesinato si era necesario, contra cualquiera que mostrara la más leve simpatía por los romanos. Incendiaban aldeas, saqueaban casas y mataban despiadadamente a la gente por todos los distritos.

Un hombre sabio quizás habría sido capaz de restaurar la paz, pero Félix no era ese hombre.  Parecía ser completamente incapaz de ganarse en forma alguna la estimación de los judíos, y particularmente la de esos patriotas fanáticos. La severidad de las medidas que tomaba sólo agravaba la situación. Como reacción surgieron caudillos violentos y falsos profetas que atrajeron a la gente con varias promesas, introduciéndole a tumultos que sólo les causó su propia muerte y una intensa irritación de parte de los romanos.

Las autoridades judías debidamente constituidas poco hicieron para remediar esa situación.  Los escribas estaban preocupados por la teología y la mayoría de los sacerdotes por obtener toda la ganancia material posible del templo.  La camarilla sacerdotal dominante codiciaba tanto los diezmos, que se dice que algunos de los sacerdotes que no eran de ese grupo murieron de hambre.  Los conservadores, que temían la audacia de los zelotes y sus consecuencias, poco podían hacer para aquietar la tormenta.  Las masas populares eran como ovejas sin pastor.  Todo esto gradualmente indujo a una gran preocupación por la Torah y a un deseo fanático de observar los más pequeños detalles de la ley.

Durante ese tiempo fue cuando Pablo hizo sus grandes viajes misioneros, y una turba fanática -semejante a los grupos con los cuales se enfrentó Félix repetidas veces- fue la que atacó al apóstol mientras estaba en el templo de Jerusalén.  Ese tumulto se levantó cuando ciertos judíos procedentes de Asia Menor acusaron falsamente a Pablo de haber profanado el templo introduciendo a un gentil.  Pablo fue presentado ante Félix como un revolucionario, pero no habló de insurrección sino de "la justicia, del dominio propio y del juicio venidero".  No es de extrañarse que Félix, más aún que asombrarse, se espantara (Hechos 24:25).

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¹ Drusila, la segunda esposa de Félix. Era hija de Herodes Agripa I, el cual era nieto de Herodes el Grande y de Mariamna, de la antigua casa real judía de los asmoneos.  Por lo tanto, Herodes Agripa II era hermano de ella, y Berenice, su hermana. Drusila había abandonado a su primer esposo, el rey Aziz de Emesa, prosélito del judaísmo, para casarse con Félix (Josefo, Antigüedades xx. 7. 1-2). En ese momento tendría unos 22 años de edad. Tenía seis años cuando su padre mandó matar a Jacobo (Hechos 12:1, 2), y pudo haber sabido de aquel trágico acontecimiento.  Posiblemente también había oído de la liberación de Pedro de la prisión (vers. 3-19) y, sin duda, de la horrible muerte de su padre (vers. 21-23).

19.07 - Procuradores posteriores

Herodes Agripa I tenía un hijo de su mismo nombre, que apenas tenía 17 años cuando murió su padre. Al emperador Claudio se le aconsejó que no confiara a ese joven el gobierno de un país tan turbulento como Palestina. Por lo tanto, se convirtió una vez más en una provincia, y Cuspio Fado fue nombrado procurador. Después de un año lo reemplazó un judío, Tiberio Alejandro, sobrino de Filón, Judeo. Pero Alejandro había renunciado a la fe judía, y el mismo hecho de que fuera apóstata lo hacía indeseable para los judíos. El odio de ellos fue tal, que cuando hizo sacrificar a Jacobo y a Simón, hijos de Judas Galileo, destacado patriota  judío, se sublevaron los zelotes. 

En el año 48 d.C., Cumano sucedió a Alejandro.

Si hubiese ocupado el cargo de procurador un hombre más hábil que Cumano, es posible que se hubiera apaciguado el país; pero Cumano permitió que ocurriera una cantidad de incidentes irritantes que, debido a la desesperación del pueblo, mantuvieron la provincia en un constante estado de turbulencia: 

Cuando un soldado insultó a los adoradores en el atrio del templo, Cumano, en vez de castigar al ofensor, actuó de tal manera que en el motín que se produjo sus soldados mataron unas mil personas. 

Cuando un oficial romano fue robado y dejado desnudo por unos ladrones, el procurador envió soldados para que saquearan todas las aldeas vecinas. 

Cuando uno de los soldados rompió en pedazos un ejemplar de la ley, se evitó un motín sólo mediante la ejecución del ofensor. 

En otra ocasión algunos galileos que estaban en camino para una fiesta en Jerusalén fueron atacados por unos samaritanos, y muchos galileos fueron muertos; y Cumano convino en proteger a los samaritanos atacantes después de recibir un soborno. Cuando los judíos atacaron a los samaritanos para vengarse, Cumano los castigó severamente. 

Para evitar una rebelión del pueblo, Cumano fue destituido de su cargo en el año 52 d. C.

19.06 - Herodes Agripa I

Uno de los primeros actos del emperador Claudio fue recompensar a su amigo, el rey Herodes Agripa I, por su papel en conseguir que Claudio subiera al trono en 41 d. C. Claudio añadió Judea y Samaria a los territorios de Galilea, Perea y el noreste que ya gobernaba Herodes Agripa. De ese modo los territorios que una vez habían estado regidos por Herodes el Grande, otra vez se unieron bajo el gobierno de un judío.

Herodes Agripa I gobernó tan magníficamente a Palestina, que su reinado fue llamado una edad de oro para, Judea. Cualesquiera fueran sus motivos, vivió observando cuidadosamente las leyes de los judíos, practicando las ceremonias y llevando a cabo los sacrificios instituidos. Se llevó tan bien con los fariseos que, de acuerdo con la Mishnah, ellos estuvieron dispuestos a llamarlo "hermano". Sin embargo, fuera de Palestina, Agripa -a semejanza de su abuelo Herodes el Grande- propulsó la cultura helenística. En la ciudad vecina de Berytus (actual Beirut) erigió un teatro y un anfiteatro y disfrutaba allí de los juegos griegos cada vez que le parecía prudente hacerlo. En otros lugares también manifestó su interés por la cultura griega y le dio su generoso apoyo.

Agripa fue amistoso con los judíos en el mismo grado en que fue enemigo del cristianismo. Siendo que "había agradado a los judíos" decretando la muerte de Jacobo, hermano de Juan, también arrestó a Pedro y lo encarceló (Hechos 12:1-3); y sólo la intervención milagrosa de un ángel impidió que Pedro corriera la misma suerte de Jacobo, su amigo y colega.

Poco después (44 d. C.) murió Herodes Agripa I. Este suceso lo narran tanto Josefo (Antigüedades xix. 8. 2) como el registro inspirado (Hechos 12:20-23). En Cesarea, la capital de la provincia judeo-samaritana, Agripa, hermosamente ataviado con ropas de color plata, estaba sentado sobre el solio de un tribunal. Cuando se dirigió al pueblo, el sol brilló sobre él, y todos exclamaron: "¡Voz de Dios, y no de hombre!" Mientras escuchaba esas adulaciones fue herido de un terrible dolor, y murió después de cinco días. Lucas declara que su muerte fue un castigo de Dios (Hechos 12:23).

19.05 - Marcelo

En el tiempo de Marcelo, el siguiente procurador, hubo una amenaza de una grave rebelión en el año 38 d. C., cuando Calígula, en su infatuación, declaró que era dios y ordenó que se erigieran estatuas suyas en los templos, tanto en Roma como en las provincias.

En Alejandría, donde quizá un tercio de la población era judía, la situación fue gravísima pues había existido allí un templo judío desde los días cuando gran número de judíos huyeron de Palestina para evitar la persecución de Antíoco Epífanes, en torno al año 170 a. C.

Durante el reinado de Calígula, las luchas entre griegos y judíos en dicha ciudad dieron por resultado muchas víctimas. La turba destruyó muchas sinagogas y erigió estatuas del emperador en otras. Calígula, enfurecido porque los judíos se negaban a aceptar estatua alguna, decidió erigir por la fuerza una estatua suya en el templo de Jerusalén. Los judíos organizaron en defensa propia una gran delegación cuyo portavoz era Filón, el famoso filósofo judío de Alejandría, y llegaron a Roma. Aunque consiguieron una audiencia con Calígula, el emperador rehusó darles concesión alguna.

Cuando los judíos de Jerusalén conocieron el decreto de Calígula, se prepararon para lo peor. Se provocaron disturbios, y la situación habría sido casi con seguridad caótica si la muerte del demente Calígula, en el 41 d. C., no hubiera resuelto el problema. Claudio, su sucesor, canceló el odiado decreto.

19.04 - Poncio Pilato

Alrededor del año 26 d. C. Poncio Pilato ocupó el cargo de procurador. Su carácter duro e inflexible, revelado por sus métodos de gobierno, hizo  que se manifestara el espíritu de revolución que se había estado incubando entre los  judíos.

Pilato trató al principio de llevar los odiados estandartes de las legiones romanas  dentro de la ciudad de Jerusalén, a pesar del prejuicio judío. Para lograrlo, hizo que  sus soldados los entraran de noche. Cuando se supo, una numerosa delegación de  airados judíos fue a Cesarea donde, sin dejarse intimidar por las espadas desenvainadas de los soldados, se abrieron paso hasta la presencia de Pilato para protestar  por su proceder. Ante semejante reacción, le pareció prudente retirar de Jerusalén  los estandartes del ejército.

Para aumentar la provisión de agua para Jerusalén, que se necesitaba mucho, Pilato construyó un acueducto adicional. Usó fondos de la tesorería del templo para  ese fin, y cuando el pueblo reaccionó violentamente por ese desprecio por la propiedad del templo, los reprimió en forma sangrienta (Josefo, Antigüedades xviii. 3. 2). Además de esta ofensa, erigió en la ciudad escudos votivos con el nombre del emperador Tiberio. Esto provocó una nueva rebelión en la ciudad, y sólo cuando el mismo emperador ordenó que los escudos fueran retirados, se aquietó el tumulto.

Una mañana, temprano, en marzo o abril del año 31 d. C., un Hombre que había estado enseñando calmadamente las grandes verdades básicas que la religión judía  siempre había aceptado, fue presentado ante Pilato. Este Hombre, Jesús de Nazaret, era acusado de blasfemia y sedición. Sin embargo, su investigación lo convenció  de que Jesús no era sedicioso. Con la esperanza de poder eludir el fallo de este caso,  lo envió a Herodes Antipas, quien estaba en Jerusalén, pues fue en el territorio de  Herodes donde Jesús se crió y pasó la mayor parte de su ministerio. Pero Herodes  rehusó admitir que el caso era de su competencia y envió a, Jesús de nuevo a Pilato. Este tuvo miedo de la turba que clamaba que él no era amigo de César si dejaba en  libertad al preso. Por eso sentenció a muerte a Uno que, según su propia confesión, era inocente. Este proceder de los judíos con, Jesús debe haber parecido extraño a  Pilato, pues pocos años antes cuando, judas Galileo se había sublevado contra los  romanos, ellos procuraron defenderlo; y en contraste con judas, Jesús era un hombre tranquilo que no había hecho sino el bien y sólo había enseñado una vida de paz. El proceder de los dirigentes judíos al insistir en la ejecución de Jesús difícilmente  podía aumentar el respeto que les tenía el procurador.

Pilato quedó cinco años más como gobernador de Judea; pero sus años finales  fueron ensombrecidos especialmente por una matanza de un grupo de samaritanos que se habían reunido en el monte Gerizim para presenciar el descubrimiento de unos vasos sagrados que se suponía que habían sido ocultados allí por Moisés. Cuando los samaritanos informaron esa atrocidad a Vitelio -superior inmediato de Pilato en Siria- éste ordenó que Pilato respondiera de sus acciones ante Tiberio en Roma, y nombró un nuevo procurador en su lugar.

19.03 - El sanedrín


Era un organismo característicamente judío y no una parte integral de la administración del gobierno romano; sin embargo el sanedrín ejercía cierta influencia en los asuntos civiles y políticos así como en los estrictamente religiosos. Estaba compuesto por 71 hombres de la más alta reputación e influencia, y era el principal organismo gubernamental para el pueblo judío. 

Aunque su jurisdicción se restringía a Judea, los efectos de sus opiniones y decisiones se hacían sentir entre los judíos por todo el inundo; pero, al mismo tiempo, no interfería con la jurisdicción local, que estaba en manos de 11 corporaciones regionales de ancianos en toda Judea. Más bien se reservaba los asuntos de alcance y significado nacional. Promulgaba ordenanzas y las hacía poner en vigor, para lo cual disponía de un cuerpo de policía (Mateo 26:47; Juan 7:32).

Sin embargo, debido a que los romanos ejercían el gobierno supremo, la función del sanedrín era principalmente religiosa. Por eso se ocupaba de los falsos profetas como se supuso que era Jesús y con sectas presuntuosas que debían ser suprimidas para que no perturbarais al pueblo. Debido a este sistema, antes de su conversión Pablo perseguía a los cristianos (Hechos 9:1-2). Años más tarde él mismo apenas logró escapar de una persecución similar (Hechos 24:6-9).

El sanedrín también trataba puntos de doctrina y determinaba las características que debía tener el sumo sacerdote y supervisaba su nombramiento, aunque en el caso de ese importante cargo tanto los Herodes como los procuradores romanos vez tras vez impusieron su autoridad. 

El sanedrín no tenía autoridad sobre los romanos excepto en algún caso de profanación del templo, cuando los judíos aun podían ejecutar a un romano (Josefo, Guerra vi. 2. 4). En 1871 se descubrió una inscripción que una vez fue colocada en el templo, en el muro que separaba el atrio de los gentiles del de los israelitas, y dice así: "No entre ningún extranjero dentro de la barrera y del muro circundante que rodea el templo. Cualquiera que sea aprehendido [dentro] será responsable de su propia muerte, que le sobrevendrá". Otra inscripción idéntica se encontró unos tres cuartos de siglo más tarde.

El sumo sacerdote presidía el sanedrín (Mateo 26:57), pero el procurador podía convocarlo para que sesionara; sin embargo, sólo en los casos de sentencia de muerte las decisiones del sanedrín debían someterse a la aprobación del procurador.

Después de la sublevación causada por los impuestos exigidos por Coponio, Palestina quedó relativamente tranquila durante muchos años. Sin embargo, al mismo  tiempo el legalismo y el aislamiento de los fariseos, el fervor de los zelotes - que  lentamente crecían en número e influencia - y el celo religioso de la mayoría de la  población, fomentaron un espíritu de descontento. 

Durante esos años fue que Jesús  tranquila y reflexivamente alcanzaba la madurez en Nazaret.

19.02 - Los impuestos

Con el nombramiento de los procuradores se estableció el sistema romano de impuestos. Eso hacía necesario un censo para clasificar a la población. Ya se había hecho un empadronamiento en el tiempo del nacimiento de Jesús; pero no se sabe si fue acompañado por un impuesto (Lucas 2: l).

Cuando el primer procurador, Coponio, ocupó su cargo en Judea en reemplazo de Arquelao, se cobró un impuesto. Estos impuestos eran de dos clases: por cabeza (tributum capitis) y un impuesto a la tierra (tributum agri).

Ambos resultaban muy ofensivos para los judíos. El impuesto por cabeza era una evidencia de esclavitud (Josefo, Antigüedades xviii. 1.1); el impuesto a la tierra era una ofensa para Jehová, el verdadero propietario de la tierra y el dispensador de las bendiciones del agro.

Aunque este impuesto produjo una gran resistencia entre los judíos, el sumo sacerdote Joazar persuadió a muchos para que lo pagaran pacíficamente. Sin embargo, al mismo tiempo un caudillo extremista, Judas Galileo, causó la rebelión de un gran número de personas. Quirinio, el gobernador romano de Siria, sofocó severamente este levantamiento (Josefo, Antigüedades xviii. 1.1). Este movimiento presidido por Judas quizá haya marcado el comienzo de los zelotes. Gamaliel se refirió a este levantamiento cuando aconsejó al sanedrín que no ejerciera ninguna acción drástica contra los cristianos (Hechos 5:38-39).

De aquí en adelante los romanos no hicieron ningún otro intento de cobrar un impuesto directo a los judíos. Más bien -mediante una licitación- entregaron los impuestos a contratistas, los publicanos (publicani) del Nuevo Testamento. Estos eran odiados y se los rehuía todo lo posible (Mateo 11:19; 21: 31). Leví Mateo pertenecía a esa clase despreciada. El hecho de que Jesús lo aceptara entre los suyos (Mateo 9:9-13) era algo asombroso para los judíos patriotas.

19.01 - Los procuradores


Cuando Arquelao fue depuesto, sus territorios fueron anexados a la provincia romana de Siria.  Siendo parte de una provincia imperial, Judea fue gobernada por un procurador, representante del emperador, y no por un procónsul que era responsable ante el senado, como sucedía en muchas de las otras provincias.

La sede de los procuradores romanos de Judea estaba en Cesarea. Allí disponían de un pequeño ejército compuesto mayormente de tropas provinciales. Aunque el salario del procurador era pagado por el tesoro imperial, también tenía ciertas oportunidades para aumentar sus bienes con el ejercicio de su cargo. Una de éstas radicaba en su autoridad suprema en asuntos judiciales, aun de vida o muerte, excepto en el caso de aquellos que podían probar que eran ciudadanos romanos.

Había dos limitaciones principales a la autoridad del procurador. Por un lado, tenía que responder ante el emperador y también, localmente, ante el legado de Siria; y por otro lado -menos formalmente-, ante el sanedrín judío, que siempre vigilaba para que no se excediera en su autoridad. Sin embargo, al mismo tiempo y debido a las complicaciones políticas del cargo, el sumo sacerdocio sólo podía ser ocupado con el consentimiento del procurador.

No importa cuán cuidadosos fueran los procuradores en el ejercicio de su mandato -y no siempre fueron cautelosos-, no podían satisfacer al pueblo judío. Se ha afirmado correctamente que la llegada de los procuradores romanos a Judea señaló el comienzo del fin de la nación judía porque los judíos repudiaban el gobierno extranjero.

18.04. Tiberio y los judíos

Tanto Felipe como Antipas disfrutaban de la amistad de Tiberio -emperador romano, 14-37 d.C.- ; pero los judíos sentían que no compartían esos favores y culpaban a Sejano, un pérfido consejero de Tiberio, de la dificultad en sus relaciones con el emperador.

En el año 19 d. C., debido a un desfalco en que estuvieron implicados ciertos judíos romanos, Tiberio desterró a todos los judíos de la capital. No se puede saber si ese edicto se cumplió rigurosamente. Sin embargo, por ese mismo tiempo -indudablemente con la aprobación del emperador- el senado enroló a 4.000 de los judíos más jóvenes de Roma para que combatieran a bandoleros en la isla de Cerdeña.

Esto fue realmente un problema para ellos, pues hasta ese tiempo los judíos habían estado exceptuados de servir en el ejército de Roma, y algunos de esos jóvenes reclutas sufrieron porque se negaron a servir (Josefo, Antigüedades xviii. 3. 5; Tácito, Anales ii. 85).

18.03. Sucesores de Herodes - Felipe

Este tercer hijo de Herodes, que heredó parte del poder, era muy diferente de sus hermanos. Durante su administración, que duró 37 años, siempre escuchó cualquier reclamo de justicia. Al viajar por sus territorios siempre estaba listo para atender cualquier caso que se le presentara. Sus dominios eran grandes en comparación con los de sus hermanos, pero económicamente, inferiores. Debido a la población mixta de esos territorios, hubo repetidos levantamientos; pero nunca en el tiempo de Felipe. Su reinado fue de paz tanto internamente como en sus relaciones exteriores. Su casamiento con Salomé, hija de Herodías, facilitó las relaciones amistosas con Antipas en Galilea y Perea durante los años finales de su reinado.

Aunque tenía sangre judía por parte de su madre -Cleopatra de Jerusalén- como los otros hijos de Herodes el Grande, Felipe fue pagano de corazón. Fue el primer gobernante judío que acuñó monedas con imágenes humanas. Esas tendencias propensas a la helenización no fueron, por supuesto, una molestia para su pueblo que era mayormente pagano.

La capital de Felipe estaba en Paneas, el antiguo santuario del dios Pan, cerca de una de las fuentes del río Jordán. El reedificó y embelleció la ciudad, y la denominó Cesarea en homenaje al emperador. Para distinguirla de otros lugares del mismo nombre en el Mediterráneo, esta ciudad era conocida con frecuencia como Cesarea de Filipo (Mateo 16: 13; Marcos 8: 27). Felipe también reedificó a Betsaida en la orilla noroeste del mar de Galilea, y la denominó Julia en honor a la hija de Augusto.

18.02. Sucesores de Herodes - Herodes Antipas

Herodes Antipas desempeñó bastante bien el gobierno de Galilea y de Perea. Aunque derrochaba en los gastos, su habilidad lo capacitó para mantener la paz en Galilea y para evitar los reproches de Augusto, quien conocía sus tendencias traidoras. Jesús describió correctamente su carácter llamándolo "aquella zorra" (Lucas 13: 32).

Cuando Tiberio ascendió al trono imperial en el año 14 d. C., Antipas fue favorecido; y en homenaje al emperador edificó una ciudad en la orilla occidental del mar de Galilea y la llamó Tiberíades, y también le dio ese nombre a todo el lago.

Antipas llevó a cabo otro gran programa de edificación por todo el territorio de su tetrarquía. Todos sus esfuerzos se inclinaron a la helenización, y su fingido judaísmo no era más que una farsa.

Antipas se casó con una hija de Aretas (2 Corintios 11: 32), del linaje de los gobernantes nabateos que habían luchado contra los romanos en la guerra de 64-63 a. C. (Ver "El origen de los Herodes" y "La llegada de Pompeyo").

Cuando Antipas estuvo de visita en Roma, renovó su trato con Herodías, que era tanto su sobrina como su cuñada. Herodías, hija de Aristóbulo -medio hermano de Antipas- se había casado con otro de sus medios hermanos (y tío de ella), un insignificante hijo de Herodes el Grande llamado Herodes Felipe. Antipas se enamoró completamente de ella, y Herodías de buen grado consintió en abandonar su domicilio en Roma a cambio de un palacio en Galilea. Él entonces abandonó a la hija de Aretas y tomó a Herodías, despojando así a su medio hermano.

Este hecho vergonzoso fue condenado por Juan el Bautista, condenación que le causó primero su encarcelamiento (Lucas 3: 19-20), y después su muerte, cuando Antipas lo ordenó para satisfacer el pedido de Herodías y su hija Salomé durante un banquete lleno de voluptuosidad, celebrado quizá en la fortaleza de Machaeras (Mateo 14: 3-12; Josefo, Antigüedades xviii. 5. 2).

Antipas creía supersticiosamente que Jesús podría ser Juan el Bautista que había resucitado (Mateo 14: 1-2) y parece que por lo menos una vez procuró matarlo (Lucas 13: 31). Sin embargo, cuando Jesús fue juzgado, se negó a dictar la sentencia que pedían los judíos, sentencia que también Pilato abrigaba la esperanza de evitar (Lucas 23: 4-25).

Pasaron casi diez años antes de que Aretas -ex suegro de Antipas- pudiera vengarse del divorcio de su hija. En el año 36 d. C. unas disputas fronterizas entre estos dos reyes causó una guerra, y Aretas infligió una seria derrota a las tropas de Antipas. Entonces éste ordenó al comandante romano Vitelio que vengara esa derrota; pero antes de que Vitelio pudiera hacerlo murió el emperador Tiberio, y frente a esa situación el general romano rehusó participar en dicha guerra.

Antipas se vio complicado en cambios dinásticos que apresuraron su caída. El nuevo emperador, Calígula, era íntimo amigo de Herodes Agripa I, hijo de Aristóbulo y hermano de Herodías. Por lo tanto, tan pronto como Calígula subió al poder dio a Agripa los territorios del noreste que habían sido gobernados por su tío Felipe y también le dio el título de rey. Los celos de Herodías se despertaron por esta distinción concedida a su hermano, e insistió que Antipas fuera a Roma y pidiera para él ese título.

Antipas, en contra de lo que le dictaba la razón, viajó el año 39 d. C.; pero entre tanto Agripa informaba a Calígula que Antipas había transgredido los reglamentos imperiales al acumular una gran cantidad de armamentos. Cuando Antipas llegó a Roma, el emperador lo obligó a que reconociera la verdad de esa acusación, y fue inmediatamente desterrado junto con su esposa a Lyon, en las Galias. Calígula añadió entonces los territorios de Galilea y Perea a los dominios de Herodes Agripa l.

18.01. Sucesores de Herodes - Arquelao

Arquelao convocó al pueblo de Jerusalén cuando murió su padre. Sentado en lo alto de un trono de oro en el recinto del templo, se dirigió al pueblo con bellas palabras y promesas. La gente reaccionó presentando muchos pedidos, demandando la libertad de los presos, el perdón de los castigos de los que estaban acusados de delitos políticos, y la reducción de los impuestos. Era el tiempo de la pascua, y la ciudad estaba llena.

Como temía que estallara una rebelión, una compañía de soldados entró en el atrio del templo para mantener el orden; los soldados encontraron resistencia, y cuando llego un destacamento mayor se produjo una lucha en la cual murieron más de tres mil judíos. Entonces Sabino, administrador de Siria, aprovecho la presencia de los soldados romanos, e hizo que lo protegieran mientras robaba el tesoro.

Esto provocó una revuelta por toda Galilea y Judea. Por supuesto, esos levantamientos contra los romanos estaban condenados al fracaso. Varo, gobernador de Siria, llegó a Palestina con fuerzas suficientes, sofocó la revolución y crucificó a los dos mil de los infortunados judíos rebeldes.

Entre tanto Arquelao, Antipas y Felipe se habían marchado de Palestina para hacer efectivas sus ambiciones al territorio de su padre. Al mismo tiempo apareció también en Roma una delegación de judíos para rogarle a Augusto que los pusiera directamente bajo un gobernador romano y no bajo los hijos de Herodes. Pero Augusto aprobó las cláusulas del testamento de Herodes, con la excepción de que rehusó que Arquelao tuviera un título superior a la del etnarca. De esa manera los hijos de Herodes se posesionaron de la administración del reino de su padre.

Arquelao heredó el carácter de su padre, pero no su capacidad. El pueblo se quejaba, con razón, de que su reinado era bárbaro y tiránico, y en 6 d. C; Augusto lo desterró a Vienne, en las Galias. Judea y Samaria fueron anexadas a Siria y quedaron bajo el gobierno de un procurador romano, que era responsable ante el emperador através del gobernador de Siria.

Este arreglo continuó hasta que Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande y de su esposa asmonea Mariamna, llegó a ser rey de Judea en 41 d. C. por orden del emperador Calígula.

18.00. Sucesores de Herodes - Introducción

Cuando Herodes murió dejó un testamento que determinaba quién debía heredar su reino. Según las cláusulas de dicho testamento, los territorios, que con tanto esfuerzo y tanta falta de escrúpulos había tratado de que quedaran bajo un sola administración, fueron divididos entre sus hijos Arquelao, Herodes Antipas y Felipe.

Herodes dejó a Arquelao, el mayor de sus hijos sobrevivientes, Judea, Samaria e Idumea. Como los romanos no estaban seguros de su capacidad para gobernar, sólo le dieron el título de "etnarca", que significa "gobernante del pueblo".

Herodes Antipas se convirtió en el "tetrarca" de Galilea y de Perea. Este título que significaba originalmente "gobernante de la cuarta parte de una provincia", fue aplicado en la práctica al gobernante de cualquier subdivisión provincial.

Felipe también recibió el título de "tretarca" y el gobierno de los distritos del noreste: Paneas, Iturea, Traconítide, Gaulanítide, Batanea y Auranítide.

17.07. Vida religiosa judía - Proselitismo

El judaísmo se destacaba especialmente por su énfasis ético que contrastaba muchísimo con las religiones generalmente amorales del mundo romano. Los devotos de los antiguos dioses paganos se relacionaban con sus divinidades en los términos de un contrato. Los sacerdotes revelaban a los suyos las ceremonias que debían ejecutar y el ritual que debían seguir a fin de agradar a sus dioses. Cuando esos requisitos se cumplían en forma aceptable, los dioses -grandes y pequeños- estaban obligados, por lo menos, a no molestar o perjudicar a la gente, y en el mejor de los casos a protegerla de las dificultades y a proporcionarles beneficios materiales.

Las religiones paganas actuales consisten, en gran medida, en intentos similares para aplacar a los espíritus. Los cultos de misterios ("mistagónicos" o "mistéricos", por derivar de "mistagogo", sacerdote grecorromano que presidía en esos cultos), cuya popularidad aumentó rápidamente durante el período imperial, tampoco tenían un fondo moral. El adorador procuraba en esos cultos ponerse en relación personal con su dios. Por medio de sucesivas etapas de iniciación y de rituales, el devoto cumplía con los requisitos del culto al fin de los cuales -si no interfería alguna irreverencia o algún desliz de ritos- creía que se encontraría en la presencia del dios. Si el dios que se adoraba era sosegado o el devoto era de buena índole, este tipo de culto podría tener algún valor ético para él; pero ese efecto era secundario, casi accidental. Ciertas escuelas filosóficas, especialmente el estoisismo, lograban un impacto ético; pero rara vez llegaban hasta el pueblo común, ni tampoco se las puede considerar exactamente religiones.

Dada esta falta de ética en la religión pagana, la moralidad alcanzada por el pueblo judío debido a su concepto de la Deidad y por la Torah, llamaba la atención de los habitantes del imperio, especialmente porque los judíos aplicaban esa moral en la vida diaria de una manera notable. De ese modo muchos fueron inducidos a aceptar el judaísmo en mayor o menor grado, y el Nuevo Testamento habla de varias clases de "prosélitos", o sea individuos que acababan de aceptar la fe judía.

El centurión de Capernaúm del cual dijeron los judíos: "Ama a nuestra nación, y nos edifico una sinagoga", quizá era uno de esos prosélitos. Según ellos, eso lo hacía "digno" (Lucas 7: 4-5). Los prosélitos iban a Jerusalén para Pentecostés (Hechos 2: 10). Nicolás, "prosélito de Antioquía", fue uno de los primeros diáconos de la iglesia cristiana (Hechos 6: 3-6); el eunuco etíope "había venido de Jerusalén para adorar" (Hechos 8: 27); el centurión Cornelio, de Cesarea, era "temeroso de Dios" y "oraba a Dios siempre" (Hechos 10: 2); y los prosélitos de Antioquía de Pisidia escucharon atentamente a Pablo y Bernabé (Hechos 13: 43). Debido a que los métodos de los fariseos no eran éticos, Jesús condenó severamente su fervor para ganar prosélitos y también las desafortunadas consecuencias espirituales de sus dudosos métodos para conquistarlos (Mateo 23: 15).

Los judíos eran muy cuidadosos en el procedimiento de hacer prosélitos. Especificaban tres ceremonias necesarias por las cuales debía pasar un gentil para convertirse en un "prosélito de justicia", es decir un judío completo: (1) Debía someterse a la circuncisión; (2) debía ser bautizado por inmersión -bautismo que indudablemente fue el antecedente del rito cristiano-, y (3) debía ofrecer sacrificio. Por supuesto, este último requisito resultó imposible de cumplir después de la destrucción del templo en al año 70 d. C.

No sólo hacían proselitismo los judíos que estaban dentro de los límites de Judea y Galilea, sino también los de la diáspora, los de la dispersión. El éxito en el proselitismo se debía, en gran medida a que los gentiles con frecuencia eran atraídos por la constancia de los judíos en su religión y por la serenidad espiritual interior de éstos ante las dificultades, así como por el sentimiento fraternal que su sólida fe religiosa hacía que demostraran en su relación mutua. Por eso y con frecuencia, cuando los gentiles examinaban el judaísmo para descubrir el secreto de su eficacia, se sentían inducidos a abrazarlo. A medida que las religiones paganas perdían atracción y los judíos llevaban a cabo por doquiera una activa obra misionera, los prosélitos a la fe judía pudieron contarse por centenares de miles, y quizá millones, de acuerdo con la opinión de eruditos modernos autorizados, tanto judíos como cristianos.

Josefo se jacta del número de los que aceptaban el judaísmo por todo el mundo gentil: "Desde hace mucho tiempo las masas demuestran un vivo deseo en adoptar nuestras observancias religiosas; y no hay un ciudad, griega o bárbara, ni una sola nación hasta la cual no se haya propagado nuestra costumbre de abstenernos de trabajo en el séptimo día, y donde no se observen los ayunos y el encender las lámparas, y muchas de nuestras prohibiciones en el asunto del alimento" (Contra Apión ii. 39).

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